Se levanto ese día sintiendo nervios, había quedado con Paula y se sentía inseguro.
Paula tenia 17 años, era su hija, pero no dejaba de ser una desconocida, no dejaba de ser parte de el, parte de esa vida que se había acabado en los papeles, que se había esfumado poco a poco sin poderlo remediar, se sentía a miles de kilómetros de distancia de ella, pero ella le recordaba esa parte de la vida en la que creyó ser feliz, al menos durante un tiempo y eso hacia que le apeteciera verla.
El día se volvía gris por momentos, el frío entraba por las rendijas de las casas, algunos corazones no lo notaban.
Después de media vida, tenia cosas y el apoyo de la familia que le vio crecer, alguna vez pensó en ganar el gordo y ahora se veía con el reintegro, era un balance pobre.
Había quedado para comer, era lo mejor, así cuando no tuviera nada que decir siempre le quedaría enfrentarse al plato, sabia que no hablaban el mismo lenguaje, tocaría temas ensayados, cercanos, pero no creía que pudiera aguantar su mirada, sabia que ella le había alejado hacia tiempo.
Lentamente el día crecía y su inseguridad también.
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Historias como esta, se desarrollan en la ciudad todos los días, relaciones que vienen a menos, que dejan de ser y terminan, hijos que tiene que pasar unas horas con sus padres, que nunca lo fueron, esas preguntas que nunca se formularon por desidia, esas respuestas que nunca interesaron, ese interés vacío llenando las conversaciones, esos vínculos hechos de hilo de coser, esas sonrisas forzadas, ese mendigar gramos de cariño, ese querer sin poder, ese calor frío, esa amabilidad ensayada, ese trueque de afecto por regalo, esa sensación de demasiado tarde, esa obscuridad en el gesto, ese no haber sabido, querido o podido.
Esa paternidad fundamentada en un ADN, en ese primer apellido y en unos lejanos recuerdos de la niñez.
No somos nadie para juzgar, la próxima vez que veamos una escena de estas, pensemos que quizás se están escuchando unas palabras por primera vez en sus vidas, aunque no sirva de mucho.