Cuando se acostaba, el cansancio del día parecía que se salía por sus huesos, la cama la acogía cariñosamente, siempre iba acompañado de unos gemidos que conjuraban las tensiones que agarrotaban su cuerpecito, era como un exorcismo diario que llamaba al descanso.
Las tareas pendientes para el día siguiente pasaban por su cabeza a modo de recordatorio, cuando no era su hija que aparecía de pronto con algo de ultima hora que hacia replantearse la agenda, planificaba las tareas y su disponibilidad, era una costumbre.
Dos angelitos la acompañaban todas las noches, tenían una sonrisa entre complice y curiosa, creo que velaban su sueño, lo cuidaban para que la esperanza la mantuviera calentita toda la noche, alejaban en lo que podían el frío de la tristeza.
Así transcurrían las noches, se dormía con la voz en su oreja y despertaba con una agenda por cumplir.
Era domingo, unas pezuñas pequeñas arañaban la puerta, pedían comida, era la primera tarea en la lista del día.
Últimamente no descansaba demasiado bien, dormía poco por culpa del teléfono, pero como contrapartida, a lo largo del día se sentía querida.
Las tareas pendientes para el día siguiente pasaban por su cabeza a modo de recordatorio, cuando no era su hija que aparecía de pronto con algo de ultima hora que hacia replantearse la agenda, planificaba las tareas y su disponibilidad, era una costumbre.
Dos angelitos la acompañaban todas las noches, tenían una sonrisa entre complice y curiosa, creo que velaban su sueño, lo cuidaban para que la esperanza la mantuviera calentita toda la noche, alejaban en lo que podían el frío de la tristeza.
Así transcurrían las noches, se dormía con la voz en su oreja y despertaba con una agenda por cumplir.
Era domingo, unas pezuñas pequeñas arañaban la puerta, pedían comida, era la primera tarea en la lista del día.
Últimamente no descansaba demasiado bien, dormía poco por culpa del teléfono, pero como contrapartida, a lo largo del día se sentía querida.

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