Allí estaba, en el jardín de la vida, el comepiedras, no era guapo ni feo, nadie le hacia caso, todo el mundo se había acostumbrado a pisar la mullida hierba y ya no le daban importancia al hecho que no hubiera piedras bajo sus pies hacia mucho mucho tiempo.
El andaba de aquí para allá, lento y silencioso, olisqueando por todos los sitios, buscando piedras que poder echar dentro de su estomago, no sabia lo que era el hambre, pero su naturaleza le empujaba a comer piedras, su expresión era distante, no solía hablar con los otros, no por falta de ganas, sino por que al comer piedras era muy difícil pronunciar palabras y además sabia muy pocas.
La princesa del Sol y del Mar del jardín de la vida, era la única persona que parecía tenerle un poco de afecto, mas que eso, le amaba en silencio, amaba su sinceridad y bondad que nadie mas podía ver, así que las veces que se acercaba a el, mantenía monólogos longuísimos que se adentraban en la madrugada, el, la miraba y comía piedras, cuando ella le hablaba nunca se alejaba del paraje donde ella estaba y a veces se quedaba quieto y movía la boca haciendo que masticaba alguna piedra imaginaria, mirándola fijamente.
Nadie del jardín se dio cuenta nunca, pero al comepiedras le faltaba un diente, ese diente se le rompió un día que se comió una piedra, sobre la cual había caído una lágrima de la princesa, una lágrima que se le cayo un día, al imaginar la vida sin su querido comepiedras.
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