Mirando por la ventanilla, vio como una inmensidad de lucecitas cubrían aquellas laderas, era una vista preciosa, era la primera vez que veía algo así, era la primera vez que respiraba aire libre, el silencio en el coche magnificaba aquella contemplación.
Las paredes quedaban atrás, la vida se ensanchaba, los aromas de encierro se transformaban en brisa nocturna.
Era la primera vez y por la tranquilidad que se respiraba, parecía que fuese habitual, bueno, habitual no, pero había tranquilidad o lo que es lo mismo, una ilusión suave.
Hace tiempo vio unas fotos de Tokio nocturnas, con sus múltiples destellos de color, una luminosidad tecnológica, abrumadora, abriéndose paso en la noche, por supuesto, nada que ver con esa iluminación tenue, tranquila, intima, recogida, que esa noche se metía no solo en sus ojos.
Las fotos de Tokio se perdieron al poco en su memoria pero aquella estampa de Toledo aun sigue, con su luz tenue, iluminando su vida.
Iluminando aquella primera vez de libertad.
Las paredes quedaban atrás, la vida se ensanchaba, los aromas de encierro se transformaban en brisa nocturna.
Era la primera vez y por la tranquilidad que se respiraba, parecía que fuese habitual, bueno, habitual no, pero había tranquilidad o lo que es lo mismo, una ilusión suave.
Hace tiempo vio unas fotos de Tokio nocturnas, con sus múltiples destellos de color, una luminosidad tecnológica, abrumadora, abriéndose paso en la noche, por supuesto, nada que ver con esa iluminación tenue, tranquila, intima, recogida, que esa noche se metía no solo en sus ojos.
Las fotos de Tokio se perdieron al poco en su memoria pero aquella estampa de Toledo aun sigue, con su luz tenue, iluminando su vida.
Iluminando aquella primera vez de libertad.

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