miércoles, 3 de septiembre de 2008

MUJERES

Avelina se sentó en el sofá la primera, Paula después, era como estar en terreno neutral.

No se miraban pero se sentían, se querían, se necesitaban, lo que vendría tras el silencio no seria una conversación de madre e hija, tendría que ser de mujer a mujer.

La diferencia generacional y de edad no era un obstáculo, las personas están hechas de lo mismo, carne, huesos, sangre, sentimientos, temores y una o varias razones por las que vivir.

La razón de vivir de Avelina era Paula, siempre lo había sido, lo era y lo seria por siempre, es un sino universal, un destino, para eso se es madre.

Ella quería traspasar la puerta que se mantenía cerrada, quería saber, necesitaba conocer que había detrás, sabia que estaba llena de silencios callados, sentimientos sin digerir, lógicas inseguridades, vacíos a medio llenar, lágrimas contenidas, ansias encerradas, temores incomprensibles y necesidades que explotaban a diario, pero en silencio.

Quería pero no podía, se encontraba con la puerta, con ese silencio que la desesperaba, que la sumía en una tristeza que escondía, como solo una madre puede hacerlo, la volvía invisible detrás de una sonrisa o de un beso de buenas noches, pero se lo llevaba a la cama, a la oficina, aun cuando su corazón saltaba de alegría, allí estaba, siempre presente.

Se miraron, eran las ocho, las palabras empezaron a surgir poco a poco, en esa casa la noche se hizo corta, durmieron juntas con alguna lágrima que otra.

No hay comentarios:

 
Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.